Te levantas de la silla y notas un pinchazo en la zona baja de la espalda. Te agachas para coger algo del suelo y, de repente, parece que necesitas hacer una maniobra de diez minutos para volver a ponerte de pie. Si te resulta familiar, es posible que estés pasando por un episodio de lumbalgia.
El dolor lumbar es extremadamente frecuente y puede aparecer prácticamente a cualquier edad. A veces comienza después de realizar un esfuerzo, levantar peso o pasar demasiadas horas en la misma postura. Otras veces, sin embargo, resulta difícil identificar un motivo concreto.
La primera pregunta suele ser bastante lógica: ¿cómo curar la lumbalgia y conseguir que deje de doler?
La respuesta es que depende. Dependerá del origen del dolor, su intensidad y cuánto tiempo lleve presente. Aun así, hay algo importante que conviene saber: en la mayoría de los casos no se recomienda quedarse completamente inmóvil esperando a que desaparezca.
Entender qué está pasando, mantener cierta actividad y recuperar progresivamente el movimiento suelen formar parte del camino para volver a encontrarse bien.
Cuáles son las causas de la lumbalgia
Uno de los errores más habituales es pensar que si nos duele mucho la espalda necesariamente tenemos una lesión grave. Dolor e importancia de la lesión no siempre van de la mano.
De hecho, en una gran parte de las lumbalgias no es posible señalar una única estructura como responsable del dolor.
Lo que sí existen son diferentes situaciones que pueden favorecer su aparición.
Un esfuerzo al que nuestro cuerpo no está acostumbrado puede ser suficiente. Por ejemplo, pasar el fin de semana haciendo una mudanza, cargar varias cajas pesadas o realizar un entrenamiento mucho más intenso de lo habitual.
Pero no hace falta mover un sofá para que aparezca dolor lumbar.
Pasar muchas horas sentado, llevar una vida demasiado sedentaria o mantener durante mucho tiempo una misma postura también puede influir. Nuestro cuerpo está diseñado para moverse y normalmente agradece que cambiemos de posición con frecuencia.
Otros factores que pueden estar relacionados con la aparición o persistencia de molestias lumbares son:
- Una musculatura poco preparada para determinadas cargas o esfuerzos.
- Incrementar demasiado rápido la intensidad del ejercicio.
- Realizar movimientos repetitivos durante muchas horas.
- El sobrepeso.
- El sedentarismo.
- Determinados trabajos físicamente exigentes.
- El descanso insuficiente.
- El estrés y otros factores emocionales.
También existen lumbalgias relacionadas con problemas concretos, como determinadas alteraciones de la columna, traumatismos o enfermedades. Por eso, cuando el dolor es intenso, aparece repetidamente o se prolonga demasiado, es recomendable realizar una valoración profesional en lugar de intentar averiguar el origen por nuestra cuenta.
Qué tomar para la lumbalgia
Si te duele la espalda y tienes que trabajar, conducir, cuidar de tus hijos o simplemente levantarte del sofá sin ver las estrellas, quieres encontrar algo que alivie las molestias cuanto antes.
Sin embargo, los medicamentos no deberían convertirse automáticamente en la única solución.
En determinados casos, un profesional sanitario puede recomendar medicamentos para controlar temporalmente el dolor y facilitar que la persona pueda continuar con sus actividades. La elección dependerá de cada caso y de factores como la edad, otras enfermedades, tratamientos que ya se estén tomando o posibles contraindicaciones.
Por eso, no es buena idea automedicarse durante varios días simplemente porque un medicamento te funcionó anteriormente o porque se lo recomendaron a otra persona.
Además, aliviar el dolor no significa necesariamente solucionar aquello que está favoreciendo que aparezca.
Si cada pocas semanas necesitas volver a recurrir a medicamentos porque la zona lumbar vuelve a molestarte, probablemente sea un buen momento para valorar qué está ocurriendo y trabajar sobre ello.
Tratamientos para la lumbalgia
Llegamos a la parte importante: ¿qué podemos hacer cuando nos duele la zona lumbar?
El tratamiento dependerá siempre de cada persona, pero actualmente el abordaje del dolor lumbar suele alejarse de aquella antigua recomendación de “reposo absoluto hasta que se pase”.
Salvo que un profesional indique lo contrario, mantener cierta actividad suele ser preferible a pasar varios días completamente inmóvil.
Mantenerse activo dentro de lo posible
Que moverse sea recomendable no significa que tengas que salir a correr diez kilómetros con dolor de espalda.
Se trata de mantener el movimiento dentro de unos límites tolerables.
Caminar, cambiar de postura con frecuencia y continuar realizando aquellas actividades cotidianas que no aumenten claramente los síntomas puede ayudar a evitar que la espalda se vuelva cada vez más rígida y que aparezca miedo al movimiento.
A medida que disminuyen las molestias, la actividad puede aumentar progresivamente.
Fisioterapia para la lumbalgia
Cuando el dolor persiste o aparece de manera recurrente, la fisioterapia puede ayudar a valorar qué factores están influyendo y establecer un tratamiento adaptado a cada persona.
Y aquí no hablamos únicamente de tumbarse en una camilla mientras el fisioterapeuta “hace cosas”.
La fisioterapia también puede incluir educación sobre el dolor, recuperación del movimiento, ejercicio terapéutico y trabajo progresivo de fuerza y movilidad, además de otras técnicas cuando estén indicadas.
El objetivo no debería ser únicamente que hoy duela menos, sino conseguir que la persona vuelva a realizar sus actividades habituales con confianza.
Ejercicio para fortalecer la espalda
Este punto es especialmente importante.
Una espalda sana no tiene por qué ser una espalda que nunca se flexiona, gira o carga peso. Todo lo contrario: podemos preparar nuestro cuerpo para tolerar cada vez mejor esos movimientos y esfuerzos.
Por eso, el ejercicio suele tener un papel importante tanto durante la recuperación como posteriormente.
No existe un único ejercicio mágico para curar la lumbalgia. Dependiendo de cada persona se puede trabajar la movilidad, el control corporal, la fuerza de piernas, glúteos, abdomen y espalda, además de realizar ejercicio aeróbico.
Una posibilidad es incorporar disciplinas basadas en ejercicio controlado y progresivo. Por ejemplo, el pilates individual terapéutico dirigido por fisioterapeutas permite adaptar los ejercicios a las necesidades y capacidades de cada persona, trabajando aspectos como la movilidad, la fuerza, el control corporal y la estabilidad.
La clave está precisamente en eso: adaptar el ejercicio a la persona y no obligar a la persona a adaptarse a un ejercicio estándar.
¿Es bueno el reposo para la lumbalgia?
Puede apetecer bastante.
Cuando cada movimiento molesta, quedarse tumbado parece la opción más lógica. Un periodo corto de descanso puede resultar necesario si el dolor es intenso, pero prolongar demasiado la inactividad no suele ser la mejor estrategia.
Siempre que sea posible, es preferible retomar progresivamente las actividades habituales y evitar pasar largos periodos en cama.
Eso no significa ignorar el dolor. Significa encontrar un nivel de actividad que podamos tolerar e ir avanzando poco a poco.
¿Cuánto tarda en curarse una lumbalgia?
Esta es probablemente la pregunta que todo el mundo quiere hacer cuando lleva tres días caminando como un robot.
No existe una duración exacta.
Muchos episodios de dolor lumbar mejoran considerablemente en días o semanas, aunque la evolución depende de numerosos factores. Además, haber tenido una lumbalgia anteriormente puede hacer que aparezcan nuevos episodios en el futuro.
Por eso, cuando las molestias empiezan a desaparecer, puede ser interesante no abandonar completamente aquello que nos ha ayudado.
Mantener una vida activa, hacer ejercicio regularmente y preparar nuestro cuerpo para las exigencias del día a día puede ser tan importante como tratar el episodio de dolor cuando aparece.
¿Cuándo debemos consultar a un profesional?
Aunque la mayoría de las lumbalgias no están relacionadas con problemas graves, hay situaciones en las que conviene realizar una valoración.
Por ejemplo, cuando el dolor es muy intenso, no mejora, empeora progresivamente, aparece después de un traumatismo importante o se acompaña de otros síntomas.
También es recomendable consultar si los episodios se repiten continuamente o el dolor está condicionando actividades tan normales como trabajar, dormir, caminar o hacer deporte.
El objetivo no debería ser aprender a convivir con el dolor cada vez que aparece, sino entender qué está pasando y encontrar herramientas para recuperar nuestra actividad.
Y, muchas veces, una de esas herramientas es algo tan sencillo —y a la vez tan importante— como volver a movernos sin miedo y conseguir que nuestro cuerpo esté cada vez mejor preparado para hacerlo.
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